16/05/09
De nada, Agulla

Para disimular su pasión destituyente, el programa Palabras más, palabras menos, hizo su aporte a la campaña de Francisco De Narvaez el martes pasado. Nos pareció que la original, creada por Ramiro Agulla era, digamos, poco convincente. Y se nos ocurrió darle un toque de realismo. La imitación, obvio, es del genial Ariel Tarico.
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27/11/08
La Risa
Por Ernesto.

(El primero de diciembre estará en las librerías "Humor en la era K", el libro con los guinones de distintos personajes de Ariel Tarico, el talentoso imitador de la mañana de Radio Mitre. El tipo es, realmente, un capo. Los tres prologuistas somos Juan Carlos Mesa, Dady Brieva y el que suscribe. Me tocó presentar a "La Señora de Barrio Norte", uno de los personajes del programa que hago en Mitre, y que disfrute enormemente en este año. Me parece util reproducir ese prólogo aquí, ya que toca algunos temas que suelen suscitar controversia entre los participantes del blog. Y ojo: yo no estoy ni a favor ni en contra de la señora de Barrio Norte. ¿Eh? No me hago responsable. ME lavo las manos. Es cosa de Ariel y de Julio y Esteban, sus dos guionistas).
Entre los meses de marzo y julio de este año –2008, para quienes lean este libro tiempo después—el país fue dominado por un conflicto ridículo que consumió las energías de todos. Por lo poco que se discutía –que, encima, luego del cambio de la situación internacional terminó siendo nada—se produjo un enfrentamiento durísimo que, por poco, no termina con muertos en las rutas. Los sectores en pugna se acusaban de nazis, golpistas, dictadores, asesinos, yeguas, corruptos, comunistas, comandos civiles, grupos de tareas. Todos estábamos nerviosos, crispados, muchas relaciones personales de años se disolvían producto de un conflicto –insisto—absurdo. Por momentos, todos parecimos perder una de las pocas características humanas que tenemos los seres humanos: la risa. Nos costaba reirnos de los demás y, mucho más, de nosotros mismos. Recuerdo, de memoria, al asesino de "El nombre de la Rosa", la monumental novela de Umberto Eco. ¿Cuál era su característica central? No reía.
Me resulta difícil escribir con objetividad sobre la señora de Barrio Norte, ese genial trabajo de Ariel y de sus guionistas Julio Leiva y Esteban Darano. Y me cuesta hacerlo por una sencilla razón: le debo gratitud por haberme hecho estallar en carcajadas varias veces durante aquel conflicto.
Era como un segundo, un aire, un halo de alivio.
Es notable cómo, en esos y otros casos, la risa relaja, descomprime, ayuda, ilumina.
Hay que decir que mi situación era más difícil que la del resto de los mortales: me levantaba todos los días a las cuatro y media de la mañana para conducir un programa que empezaba a las seis. La señora, que no madrugaba, aparecía al aire a las nueve menos cinco, cuando ya sentía encima el esfuerzo de esas horas frenéticas.
Y aun así, me hacía reír.
¿Cómo no quererla?
A las nueve menos cinco, decía, Ariel se acercaba al micrófono, apelaba a una de sus mil voces, y empezaba a aleccionarnos como, virtualmente, una Mirtha Legrand que no tuvo su cuarto de siglo al aire. Sus lugares comunes, su ubicuidad, sus prejuicios, su halo de ridícula superioridad moral, su racismo contenido, su pequeño mundito de egoísmos mal disimulados, su sexualidad mal llevada, su dedito aleccionador y, por qué no decirlo, su encanto, lograban que varias veces por día, distintas personas, en la calle, me dijeran: "Ay…a mi lo que me mata es la señora de Barrio Norte".
Y que yo respondiera que a mí también.
En esos largos meses en que la paranoia se adueño de gran parte del debate nacional, mucha gente estuvo dedicada a interpretar todo lo que se decía en los medios. Si tal cosa era producto de que el periodista estaba comprado por el Gobierno o trabajaba en un medio "golpista y cuasimafioso". Si tal chiste favorecía a uno u otro de los sectores en pugna. En fin, un deporte cansador que tenía un vicio de origen: las ideas y la información, para muchos, ya no eran evaluadas por la magnitud de su aporte sino por su sospechosa funcionalidad política.
En este caso, el personaje –"la señora de barrio norte"—tenía un claro sentido: era una sátira a las mujeres acomodadas que salían a tocar la cacerola de teflón para protestar contra el Gobierno, acompañadas por su servicio doméstico. Había mucha gente que, en esos tiempos, criticaba al oficialismo. Uno de esos sectores estaba conformado por el antiperonismo clásico de las zonas más acomodadas de la ciudad de Buenos Aires. No eran los únicos. No está claro si su aporte a la protesta era mayoritario. Pero su existencia era clarísima.
El trío Tarico-Leiva-Darano percibió al personaje y lo transformó en un protagonista central del prime time de Radio Mitre. Día tras día, aparecía con sus verdades reveladas, sus pontificaciones morales, sus contradicciones y su extraño rol de defensora de los privilegios de otros. Era una caricatura de los vicios de un sector social muy identificable. Como toda caricatura era, al mismo tiempo, una exageración y una revelación. Entre otras razones, nos hacía reir porque, como ocurre con el enano fascista, todos llevamos una señora de barrio norte dentro nuestro.
O sea que el personaje, además, era un antídoto contra algunas de nuestras miserias.
Naturalmente, uno podría deducir de todo esto que Tarico le estaba haciendo el juego al Gobierno: burlarse de los opositores no puede tener otro significado.
Pero yo no estaría tan seguro.
Tarico es uno de esos personajes que entregaría su alma –o, mejor no exagerar, una parte de ella—detrás del noble objetivo de hacer reir a otro.
Tan es así, que en otros momentos de la mañana, se ensañaba con Nestor Kirchner y con Hugo Moyano.
Pero, entonces, será que Tarico está en contra del Gobierno.
Tampoco estaría tan seguro.
El tipo se la agarra con cualquiera. Casi nada le importa más que hacer reir, con estilo, con inteligencia, con mordacidad y, a veces, con mucha malicia.
Juan Carlos Mesa alguna vez me contó de la angustia que le agarraba a Tato Bores cuando recitaba los guiones y no estaba seguro si eran graciosos. Debe ser desesperante. Un buen humorista tiene ideas políticas pero, creanme, son secundarias ante la desesperación porque el otro ría.
No es una tarea para envidiarle a nadie.
Pero no me va a venir con que Tarico es inocente, me diría la señora de Barrio Norte o el intelectual ultra K. --su contraparte-- de aquellos meses.
Eso si que no.
Jamás diría que Tarico es inocente.
Es culpable.
De las peores cosas.
Yo no estoy ni a favor ni en contra de Ariel.
Pero no deje, señora, que la engañen.
Usted, que es tan ingenua.
00:00 Anotado en Ernesto Tenembaum | Permalink | Comentarios (19) | Email esto | Tags: Humor, libro, Ariel tarico, el humor en la era k




